
Olas de calor más largas, lluvias torrenciales más intensas o incendios más devastadores conforman el nuevo escenario con el que se proyectan y construyen edificios e infraestructuras. La resiliencia se define como la capacidad de un sistema para recuperar su estado inicial tras una perturbación, y en este contexto los prefabricados de hormigón destacan por su capacidad de anticipar, resistir y recuperarse tras eventos extremos.
Los elementos prefabricados de hormigón ofrecen ventajas tanto por la propia materialidad del hormigón, un material denso cuya «pesadez» juega a favor frente a materiales más ligeros, como por la calidad controlada y repetible que resulta de su fabricación en planta.
La resiliencia, sin embargo, trasciende la materialidad y depende de un diseño adecuado para asegurar la estabilidad estructural ante eventos como terremotos, donde las conexiones desempeñan un papel clave en la disipación de energía. En este sentido, proyectos de investigación y avances normativos han mejorado el comportamiento de las estructuras prefabricadas de hormigón ante acciones sísmicas.
Además, el hormigón prefabricado demuestra un buen comportamiento generalizado frente al fuego, y su robustez contribuye a minimizar riesgos asociados a fenómenos naturales intensos.
Ante fenómenos como lluvias torrenciales e inundaciones, las soluciones prefabricadas también pueden incorporarse en sistemas urbanos capaces de absorber grandes cantidades de agua. Tras una catástrofe, la industrialización de elementos prefabricados de hormigón permite una reconstrucción más rápida y segura.
Finalmente, con el aumento de extremos meteorológicos y el consiguiente incremento de pérdidas económicas, la resiliencia se presenta como una propiedad medible con múltiples dimensiones. El uso de prefabricados de hormigón contribuye a reducir riesgos, proteger la continuidad de las actividades humanas y actuar de forma eficiente frente a fenómenos climatológicos cada vez más frecuentes.

